🥇 MAÑANA SERÁ OTRO
DÍA
Autora: Mª Luz Álvarez Seda
Primero
fue Aurora, luego Eleonor. Desde entonces, los ruiseñores habían olvidado lo
que era cantar. Verónica entra en la habitación donde yace su madre, Eleonor,
postrada.
— ¿Qué tal? Veo que aún no te
has levantado —dice Verónica mirando las cortinas echadas.
Eleonor esboza una pequeña sonrisa
melancólica, después calla. Verónica conoce la respuesta: mal. Sin embargo, tan
solo se arrima y le acaricia su cabello cano, del que únicamente queda un
atisbo de su fulgor dorado como el sol.
— Volveré mañana —anuncia Verónica que sale de la estancia. Al anochecer, ya en su apartamento, devora
las sobras del día anterior con frenesí, famélica. Meditabunda, contempla la
planta en el interior del alféizar, que se está marchitando. ''Tal vez así esté
mi madre'', piensa Verónica. Al día
siguiente, justo antes de salir de su casa, se detiene. Ha escuchado el trino
de un pájaro y movida por el recuerdo de un tiempo pasado, se acerca a la
ventana. Descorre las cortinas, cerradas desde hace una eternidad. La luz baña
la sala, un fragmento de aquella reminiscencia la deslumbra.
— Hoy será un gran día —declara una figura
sonriente, descorriendo las cortinas.
Vuelve en sí, se ha quedado admirando la planta del alféizar, pese a
estar mustia, cobra color con la claridad. Verónica sale disparada hacia el
hospital.
— Mamá —comienza a decir con
la respiración agitada.
— ¿Qué ocurre
Verónica? —pregunta sorprendida Eleonor.
— Hoy —hace una pausa— va a ser un gran día.
— Verónica... —la expresión de Eleonor cambia
a una más apesadumbrada—, he notado en la cara de los médicos que algo no va
bien. Verónica se deja caer sobre el
sillón, al lado de la cama, asimilándolo. Un silencio sepulcral inunda la sala,
así pasan las horas. Verónica avanza a
la ventana y abre las cortinas de par en par. El sol en el horizonte se funde.
Una vez más otro recuerdo viene a ella, es su hermana Aurora.
— Verónica —continúa alentándole como siempre
con su enérgica sonrisa. La visión se
disipa. Verónica mira con determinación a Eleonor.
— Mamá —dice finalmente—, no te preocupes si
hoy ha sido un mal día —prosigue—, porque mañana será otro día y el sol volverá
a salir. Esta vez, la sonrisa de Eleonor
se ensancha.
— Tienes razón, hija mía
—unas lágrimas brotan de sus ojos y su cara pronto empieza a anegarse. No
obstante, son lágrimas de encaminarte al futuro con una amplia sonrisa, aunque
no sepas lo que te depara. Son lágrimas de esperanza.
🥈 ENCAJAR
Autor: Neyen González Ma
Le pregunto a Samuel
si puedo ir con él, con Nacho y con Mario, pero me responde que no. Ahora otra
persona les pregunta y ellos le dicen que sí. Me dicen que no tengo amigos, y
es verdad. Se ríen de mí. Me he
despertado y he ido al instituto. Acabo de llegar y nadie me ha saludado. Ahora
es el recreo y estoy solo. Me acaban de tirar algo, creo que es un envoltorio.
Siento que se me está escapando una lágrima…
Me despierto y me siento vacío, en el instituto me han tratado todavía
peor. He llegado a casa, estoy llorando en la cama, pienso en el pueblo
palestino y lloro, lloro por su dolor y el mío.
Le cuento mi vacío a mi tío y a mi abuela y me dan esperanza, me animan
y me abrazan mientras lloro. Estoy
sentado en mi pupitre, feliz. Samuel dice que va a hacer una fiesta de pijamas
y grita que soy el único de la clase que no está invitado, no me importa. Todo
ha dado un vuelco al llegar a casa. Mi padre me dice que mi tío y mi abuela han
muerto en un accidente de autobús. Estoy
destrozado, no le veo sentido a la vida, estoy en clase de matemáticas. Samuel,
Nacho y Mario se burlan de mí, dicen que soy un negado sin tío ni abuela. Lo he
decidido… Estoy en el piso veinte de un
edificio a las ocho y media, decidido a saltar y acabar con una vida sin
ilusión ni alegría. Pero de repente siento calidez y esperanza, y recuerdo las
palabras de mi tío y de mi abuela, pienso en que no les gustaría verme morir,
me dan mucha esperanza para seguir viviendo. Pienso por fin en que mi vida es
mía, y no depende de la crítica exterior.
Ha pasado un año, sigo sin amigos, pero ahora soy feliz. Ya no me siento
vacío, vivo mi vida a mi manera. Ya no se ríen de mí. Mientras pienso sentado
en el recreo, un chico llamado Sergio se acerca a mí. Es muy simpático. Creo
que acabo de hacer un nuevo amigo.
🥉 EL FARO DE LA ESPERANZA
Autora: Noah Cherbury Benítez
Era un día de viento suave cuando Elena llegó
al pueblo. Se había alejado de la ciudad en busca de algo que no sabía bien qué
era, algo que fuera más allá de las noticias frías que día tras día relataba en
su trabajo. La vida en la capital le había arrebatado muchas de sus ilusiones.
Estaba cansada, no solo física sino emocionalmente. Su esperanza, alguna vez
sólida como una roca, se había ido desmoronando con el tiempo, hasta
convertirse en una sombra difusa, casi intangible. Cuando llegó a la casa de Luis, un amigo de
su padre, él ya la esperaba. No por nada en particular, sino porque, como él
decía, la esperanza nunca llega cuando se la busca, pero siempre cuando menos
se espera. Luis, un hombre de rostro arrugado, pero ojos luminosos, le ofreció
un té caliente y le pidió que se sentara junto a la ventana. La vista, como un
paisaje pintado por los dioses, hacía que uno se sintiera pequeño y al mismo
tiempo infinitamente conectado con el mundo.
— Elena —dijo Luis, rompiendo el silencio que se había instalado entre
ellos—, la esperanza es como el mar. A veces está sereno, otras veces
turbulento, pero siempre está ahí, esperando a ser visto, a ser sentido. Tal
vez te has olvidado de cómo se ve, cómo se escucha. Elena lo miró, algo desconcertada. No
entendía bien lo que él quería decir, pero algo en sus palabras la tocó
profundamente. En ese momento, Marta, la hija de Luis, entró en la habitación
con una expresión pensativa, casi ausente.
— ¿Sabías, Elena —preguntó Marta, mientras se sentaba junto a ella—, que
las mareas suben y bajan, pero nunca se detienen? La esperanza también tiene
sus altibajos, como el mar. Hay días en que parece que todo se derrumba, pero
incluso en los días más oscuros, el mar sigue fluyendo. Y lo mismo ocurre con
nosotros.
Elena, quien durante meses
había vivido sumida en la tristeza, sintió por primera vez algo que se parecía
a un suspiro de alivio. En el silencio de la casa, rodeada por la calidez de
los recuerdos de Luis y las palabras de Marta, pudo ver, por primera vez en
mucho tiempo, una pequeña chispa de esperanza.
Esa tarde, al caminar por la playa con Luis, él le contó historias de su
juventud, de momentos de desesperación que había superado solo porque nunca perdió
la fe en que las cosas cambiarían. Había momentos en los que se sentía
completamente perdido, pero en cuanto veía el horizonte del mar, algo en su
interior le decía que debía seguir caminando. No importaba cuán difícil fuera
el camino, siempre había un mañana, siempre había una posibilidad de
renacer. Elena se dio cuenta de que
había estado buscando respuestas en lugares equivocados. Esperaba que algo externo cambiara su vida,
pero lo que realmente necesitaba era mirar dentro de sí misma. La esperanza no
llegaba de fuera, sino de dentro. Era una fuerza silenciosa, capaz de
transformar las dificultades en nuevas oportunidades. Al caer la noche, cuando las estrellas
comenzaron a brillar en el cielo despejado, Elena sintió por primera vez la paz
interior que tanto había anhelado. La esperanza, aunque frágil al principio, se
fue consolidando dentro de ella, como una semilla que poco a poco crecía en su
corazón. Luis, Marta y el mar habían
mostrado a Elena que el bienestar emocional no se trataba de evitar el dolor,
sino de encontrar un propósito incluso en los momentos de oscuridad. Y, como el
faro que guía a los barcos en la tormenta, la esperanza siempre estaría allí,
iluminando el camino hacia un futuro mejor.
🏅 APRENDER A DEJAR IR
Autora: Irene González Ramos
Aprender a dejar ir
es la virtud que nadie desea tener. El cometa Halley se acercaba a la órbita de
la Tierra y después de décadas, sería visible de nuevo por tan solo unos
instantes. Las estrellas parecen echarse a un lado para dejarle espacio y la
Luna se atenúa para no resaltar más que él. Llevaba años leyendo e investigando
sobre aquél fenómeno; nunca había deseado ver una ráfaga de luz más en mi vida.
Mientras cuento los segundos para su paso, un pensamiento cruza mi mente: ¿Qué
haré si nunca vuelvo a sentir lo que siento ahora? ¿Vale la pena buscar aquello
que sabes que no va a durar? Podría cerrar los ojos y evadirme de la felicidad
que me causaría presenciar el cometa. No puede sentirse la ausencia de lo que
nunca fue ni echar de menos lo que no se ha ido. De repente, la alarma de mi
móvil me recuerda que en cualquier momento será posible ver el cuerpo espacial
en el que tanto había pensado. Mi mente se queda en blanco y levanto la mirada
sin pensarlo. Observo el gran lienzo
oscuro que se posa sobre mí y analizo cada detalle, cada estrella, cada tono… Y
cuando menos me lo esperaba, ahí estaba. En un segundo traté de grabar su
silueta en mi mente con la esperanza de que se quedara ahí para siempre. Desde
que soy pequeña he tenido la sensación de que la vida se mueve demasiado rápido
como para poder disfrutarla pero ahora comprendo que lo bello es aquello que se
acaba cuando menos te lo esperas. Y tal como llegó, el cometa se desvaneció sin
dejar rastro. Extrañamente, me siento en paz. La emoción que causaba en mí
poder verlo se transforma en nostalgia que me acompañará el resto de mis días.
No vale la pena buscarlo porque siempre estará conmigo y, a veces, amar es
dejar ir.
🏅 ABBEY
Autor: Sergio Huertas Pérez
Me despierto otro día
más en mi habitación, pero sin ganas de levantarme. ¿Por qué nada cambia? Es
muy tarde. El techo de mi cuarto está tan aburrido de mirarme como yo de
mirarlo. Pasa el rato, pongo los pies en el suelo y camino un poco en círculos.
Me dirijo hacia la ventana y la abro para dejar que entre el aire fresco. Hace
un día espléndido. Echo un vistazo a la calle y a la gente andando. ¿Cómo serán
sus vidas, por qué estarán aquí en este momento, se sentirá alguien igual que
yo? Nunca lo podré saber, sobre todo lo último, porque nunca me he atrevido a
hablarle a nadie sobre mis sentimientos y cuando me preguntan suelo decir
“bien”. Y es verdad, me encuentro bien, pero no sé cómo explicar lo que me
pasa. Solo tengo que esperar. Entonces todo cambiará a mejor. Doy la vuelta y
me topo con mi habitación: está hecha un desastre. Todos los días me digo que
la recogeré mañana, pero al final nunca lo hago. Cojo las cosas desperdigadas y
las dejo sobre la cama deshecha, cuando por la noche me vaya a dormir las
tiraré de nuevo en el suelo. Aún no tengo palabras para decir lo que hay dentro
de mí, es como hambre, no sé exactamente de qué, pero no hay nada que lo pueda
saciar. Llevo tanto tiempo así… Pero debo conservar la esperanza para no
venirme abajo. Odio el verano. Durante el curso estoy hasta arriba y no hay
tanto tiempo para reflexionar así. Pero en vacaciones no, no tengo nada que
hacer, me aburro demasiado y mis pensamientos me persiguen. Aunque no es
aburrimiento, es algo más. Pero yo no he sido siempre así. Recuerdo cómo era
hace unos años. Me encantaba jugar e inventar historias, algunas las tengo
escritas en cuadernos y de vez en cuando me gusta hojearlos, y cada vez que lo
hago siento que hay miles de historias, personajes y lugares fantásticos dentro
de mí que el mundo merece conocer, pero no sé cómo podría sacarlos a la luz. Me
gustaría tanto volver a escribir, pero nunca encuentro el momento. Ahora lo
único que hago es estar con el móvil. Es casi mágico cómo puedo estar mirándolo
horas y horas sin aburrirme, y sobre todo, con la mente ocupada. Sé que es una
pérdida de tiempo, pero me ayuda a olvidar cómo me siento. A decir verdad, sé
más o menos lo que me pasa. Siento mi vida incompleta, como si le faltara algo
importante para que funcionase bien. No hay realmente nada que me guste ni que
me llame la atención, no tengo ni idea de cómo va a ser mi futuro, y llevo
demasiado tiempo sin decidirme y evitando afrontar esa idea. Siempre me han
dicho que con mi capacidad y mi esfuerzo podré ser lo que quiera, pero ¿y si no
quiero ser nada? Sin embargo, en el fondo, yo sé que he nacido para algo, al
igual que todo el mundo. Simplemente no sé aún qué es. Pero sólo tengo que
esperar más. No debería de estar pensando tanto, no me viene bien; además
seguramente el desayuno lleva esperándome un buen rato. Sin muchas ganas salgo
por la puerta de mi habitación, dirigiéndome a otro día en mi monótona
vida.
[...]Me levanto temprano por la
mañana y debo darme prisa. ¿Por qué nada puede seguir igual? Ahora somos uno
menos en la familia y yo me he roto en mil pedazos. Tras el accidente tengo que
cuidar yo de mi hermano y tengo muchas más cosas que hacer en casa, además
estoy a mitad de curso. Difícilmente encuentro un pequeño hueco para estudiar y
mis notas han empeorado bastante. Pero me he prometido cambiar, se lo debo a
ella. ¿Cómo puede ser que hace unos meses estuviese tirando mi tiempo
despreocupadamente? Eso sí, hay un cambio que me gusta bastante y me está
ayudando a seguir adelante. Los fines de semana, en cualquier pequeño momento
libre que tengo, apago por completo el teléfono, me pongo música y empiezo a
escribir en mi ordenador. En unos meses sólo tengo un par de capítulos, pero
espero algún día poder escribir un libro completo. No debería estar pensando
tanto, tengo que hacer el desayuno y voy a perder el autobús para ir a clase.
Hago la cama, me preparo lo más rápido que puedo y salgo por la puerta de mi
habitación, con esperanza de que el día no sea demasiado difícil.
[...]Me despierto por la mañana con mucha
alegría. Aún no me puedo creer la gran noticia de ayer. Una pequeña editorial
se ha decidido a apoyar mi primer libro, y aunque puede que no llegue muy
lejos, siento que es un paso muy importante y que cambiará mi vida. Hace unos
años no hubiera sido posible. A mi madre le hubiera encantado ver cuánto he
cambiado y cómo he llegado a este momento. Finalmente he conseguido encontrar
la pieza que faltaba en mi vida, y la esperanza me ayudó a hacerlo. Me preparo
y salgo por la puerta, ahora de otra habitación, con muchas ganas de disfrutar
el día. I am hungry (Tengo hambre)
I have been hungry (He tenido hambre)
I was born hungry (Nací teniendo hambre) What do I need?
(¿Qué necesito?)
I am something (Soy algo)
I have been something (He sido algo)
I was born something (Nací siendo algo) What could I be?
(¿Qué podría ser?)
— Abbey, Mitski. Álbum Lush (2012)
🏅 EL SECRETO DE LAS
FLORES
Autora: Nora Enríquez de Salamanca
Me encantaba hablar
con mi abuela, tenía la sensación de que lo sabía todo, o que yo aún no sabía
nada. Desde pequeña me hacía ver las cosas de otra manera, mirando más allá que
la mayoría. Esto llevó a la inevitable pregunta que en algún momento todo el
mundo se hace. Reviví aquel día en mi cabeza una vez más, necesitaba
recordarla, ¿Quién no querría la respuesta a una pregunta así?
Hace dos años:
— ¡Abuela! —grité tras haberla llamado sin
obtener respuesta.
— ¡Aquí en el porche!
—gritó— ¡Ven aquí conmigo! Estaba
sentada en su butaca favorita mirando el mar que teníamos enfrente con
anhelo.
— ¡Por fin te encuentro! A veces
me da la sensación de que juegas conmigo al escondite pero sin decírmelo —me
reí.
— ¡Pero qué cosas dices! —se rio—.
Ven —dijo dando palmaditas a la butaca a su lado—, siéntate conmigo.
Contenta fui y me senté. Miramos cómo rompían
las olas en la orilla hasta que empezó a reírse, y entonces me preguntó: — ¿Me vas a hacer la pregunta ya? —dijo
sonriendo con los ojos. — ¿Cómo lo has
sabido? —pregunté. — ¿Un domingo a estas
horas y estás despierta? Eso es que hay algo que no para de dar vueltas en tu
cabeza. — Me conoces demasiado —reí con
ella—. En clase nos han hecho una pregunta y rara vez me pasa pero, esta vez no
he sabido responder.
— ¿Y cuál es esa
pregunta que ha dejado a mi chica lista sin palabras?
— Nos han preguntado cuál creíamos que era el
secreto para ser feliz. Algunos de mi clase han respondido y, aunque la
profesora dijo que no había respuestas incorrectas, el dinero y la fama me lo
han parecido —confesé.
— ¡Qué respuestas
más tontas! —exclamó.
Me reí ante su
reacción y pregunté:
— ¿Y cuál es
abuela? ¿Cuál es el secreto para ser feliz y, más importante, que esa felicidad
dure?
— No hay secreto —dijo—. Porque
cada uno tiene el suyo, lo que puedo hacer es contarte el mío, ¿quieres?
—preguntó mientras sonreía.
— ¡Claro!
¿Cuál es? —pregunté ansiosa por una respuesta que no llegó.
— Venga, levántate —dijo mientras se ponía a
andar.
— ¿Pero no me lo vas a decir?
—pregunté decepcionada.
— ¿Por qué
contártelo cuando puedo enseñártelo? —sonrió como una niña que está jugando a
un juego.
Me puse los zapatos y corrí
para alcanzarla. Caminamos un rato mientras la mañana se hacía más viva y
paseamos por campos llenos de flores de todos los colores. Tras una buena
caminata, dejamos atrás los verdes campos hasta llegar a un pequeño terreno de
tierra y entonces paró en seco y se dio la vuelta.
— ¿Qué hacemos aquí? —pregunté confusa.
— Buscar flores —dijo firmemente sin dejar de
sonreír.
-Venga ayúdame —dijo.
— ¿Estás
de broma no? —pregunté sin entender nada—.
Acabamos de pasar campos enteros de
flores, ¿por qué vienes aquí?, ¿por qué buscas flores en la tierra seca?
— Porque las quiero encontrar, por eso las
busco —me miró como si fuera mi pregunta lo raro de esta situación y siguió su
camino.
— Me refiero a qué haces
buscándolas aquí, esta tierra está muerta, aquí no hay vida. Se giró como si acabase de decir justo lo que
ella esperaba que dijera.
— Te
equivocas, no sabes si hay vida y no parece que nadie se haya tomado la
molestia de averiguarlo. No me di cuenta hasta entonces pero había dejado un
camino de agua que iba derramando a su paso. Creo que porque se da por hecho que no la hay —dije mirando al suelo
agrietado mientras la seguía.
—Mira las grietas, es imposible que quede algo de
lo que hubo.
— A mí las grietas no me
dicen nada, más que algo horrible ha pasado por encima de este campo que, por
si quieres saber, antes era increíble. Aquí venía con el abuelo cuando éramos
jóvenes y, créeme, que era incluso más colorido que los que hemos dejado atrás
a nuestro paso.
— Lo siento —dije
mirándola con lástima aunque no pareció afectarle—. Puede que antes lo fuera
pero por lo que se ve ahora no y, siento meter prisa pero, tengo muchas cosas
que hacer —dije impaciente por no saber qué estaba haciendo allí.
— Ay hija qué impaciente, así nunca
encontrarás flores eso seguro —dijo mientras se giraba—. ¿Sabes cuál es el
problema? La gente no es capaz de mirar más allá, es como cuando recogen la
flor más bonita sin saber que tiene espinas, o como cuando oyen pero no
escuchan o miran pero no ven, justo lo que les pasa a tus compañeros que
respondieron aquellas cosas. Te sorprendería lo que puedes encontrar en unas
grietas, o respecto a tu pregunta, en un momento de tristeza —sonrió con
ternura y retomó el camino a mi lado.
—
Tengo la certeza absoluta de que lo que has dicho tiene todo el sentido, pero
no consigo entenderlo, a mí me parece que te empeñas en encontrar cosas donde
no las hay —respondí con sinceridad, no valdría la pena mentir, ella sabía
cuándo lo hacía.
— No me empeño en
encontrarlas cariño —rebatió—, sino en buscarlas. Lo echo de menos, este campo
era precioso, tenía vida ¿sabes?, eras capaz de sentirlo —dijo con
nostalgia. El sol pegaba fuerte, su luz
había iluminado el día y parecía que la perseguía a ella, tal y como yo lo
hacía.
— A veces las cosas no se ven a
simple vista, hay que buscarlas, por eso a veces cuando las cosas van mal uno
no es capaz de mirar a una felicidad futura, no porque crean que no existe que,
créeme, siempre la hay, sino porque no se ven con fuerzas para buscarla —dijo
mientras se agachaba a una de las grietas y acercaba su ojo mientras guiñaba el
otro para distinguir mejor lo que miraba—. Tú ves grietas —dijo mirándome—, es
una pena, pero lo entiendo; yo sin embargo veo semillas perdidas entre ellas,
esperando —decía mientras me indicaba que me acercara junto a ella.
— ¿Esperando a qué? —pregunté mientras me
acercaba para descubrir infinitas semillas entre aquellas grietas.
— A ser encontradas —afirmó—, a ser vistas a
través de las grietas, a que alguien vea más allá de una tierra seca, como
cuando miras una foto antigua que te recuerda, no lo que ya no podrás volver a
vivir, sino lo feliz que se puede llegar a ser —me sentí mal por haberme
querido ir antes, siempre tenía razón. —
¡Es increíble! —exclamé mientras miraba todas las semillas escondidas que el
viento habría llevado hasta allí—. Ahora te entiendo, el problema está en que
es difícil creer en algo que no puedes ver —dije mientras ella me miraba
orgullosa.
— Y esa es la esperanza mi
vida, algo en lo que tienes que creer aunque no puedes ver, algo que se tiene
que mirar más allá, el ser capaz de creer que todo pasa por algo, y que todo va
a estar bien, solo así uno es capaz de ser feliz y, como tú bien dijiste en el
porche, que esa felicidad dure. A veces la esperanza hay que buscarla, y no son
los más fuertes los que no la pierden, sino los que la buscan tras haberla
perdido —dijo mientras me acariciaba la mejilla.
— La esperanza… ¿Ese es el secreto para ser
feliz, tener esperanza?
— El mejor
consejo que te puedo dar es ese mi amor, si alguna vez pierdes la esperanza no
pasa nada, pero siempre la tienes que volver a buscar, hazlo por mí. ¿Me lo
prometes? —pregunté mientras extendía su meñique que esperaba al mío. La miré y sonreí. Extendí mi meñique y lo
entrelacé con el suyo.
— Te lo prometo,
¿y tú? ¿Me lo prometes? —pregunté.
— Te
lo prometo —respondió.
Y cumplió su
promesa cada día en el hospital mientras miraba las vías en sus brazos y
aquellas paredes blancas que habían sustituido a las vistas de su porche. Y yo
también la cumplí el día que tuve que aprender a vivir sin ella, porque aunque
ella me advirtió, la perdí, pero la volví a encontrar, y tenía la esperanza de
que ella estuviera conmigo, caminando a mi lado, riéndose de mis errores,
alegrándose de mis logros y, sobre todo, asegurándose de que nunca rompiera mi
promesa. Tras años de lluvias y días
soleados, aquel campo volvió a vivir. Mi abuela siempre supo cómo encontrar
flores en la tierra seca, y me enseñó a mí cómo hacerlo.