Últimas noticias de la biblioteca y despedida del curso 📚

 ¡Hola a todos!

Se termina el curso y las aulas empiezan a quedarse vacías, pero no queríamos marcharnos de vacaciones sin compartir con vosotros las últimas novedades de la biblioteca: un agradecimiento muy especial, la resolución de nuestro concurso literario y los mejores deseos para el verano.

🤝 Donación del CEIP Francisco Giner de los Ríos

Queremos empezar dando las gracias públicamente al colegio Giner de los Ríos y, en especial, a su coordinadora de biblioteca. Nos han hecho una fantástica donación de 27 ejemplares de los títulos Kim (Rudyard Kipling) e Ivanhoe (Walter Scott) de la editorial Vicens Vives. Es una suerte contar con la colaboración entre centros para seguir llenando nuestras estanterías de buenas lecturas. ¡Muchísimas gracias por el detalle!

🏆 Ganadores y entrega de premios del XVIII Concurso Literario Hipatia

Durante la última semana de mayo celebramos el acto de entrega de premios de nuestro XVIII Concurso Literario. Fue un acto muy gratificante en la que pudimos comprobar, un año más, el enorme talento literario que tienen nuestros alumnos.

Queremos aprovechar para dar las gracias a la  AMPA Caño Real y al equipo directivo por su imprescindible colaboración como miembros del jurado. No es fácil elegir entre tantos textos y su ayuda ha sido fundamental. Compartimos a continuación el acta del fallo del jurado:

CATEGORÍA 1: 1º, 2º y 3º de ESO

1er premio

Relato: Mañana será otro día

Autora: Mª Luz Álvarez Seda

Nivel y grupo: 2º ESO C

2º premio

Relato: Encajar

Autor: Neyen González Ma

Nivel y grupo: 1º ESO A

3er premio

Relato: El faro de la esperanza

Autora: Noah Cherbury Benítez

Nivel y grupo: 3º ESO E

CATEGORÍA 2: 4º ESO y Bachillerato

1er premio

Relato: Aprende a dejar ir

Autora: Irene González Ramos

Nivel y grupo: 2º Bachillerato B

2o premio

Relato: Abbey

Autor: Sergio Huertas Pérez

Nivel y grupo: 4º ESO A

3er premio

Relato: El secreto de las flores

Autora: Nora Enríquez de Salamanca Meduca

Nivel y grupo: 4º ESO A

Ya podéis ver la galería de fotos del acto  y, por supuesto, os invitamos a leer seguidamente los textos premiados:

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Compartimos con vosotros "Mañana será otro día", un bellísimo relato escrito por Mª Luz Álvarez Seda.

A través de una atmósfera íntima y una gran delicadeza narrativa, la autora nos sumerge en una conmovedora historia sobre los vínculos familiares, el recuerdo de los que ya no están y, por encima de todo, la fuerza de la resiliencia. Un texto que nos demuestra que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay un rayo de luz al que aferrarse.

Mañana será otro día

Por Mª Luz Álvarez Seda

Primero fue Aurora, luego Eleonor. Desde entonces, los ruiseñores habían olvidado lo que era cantar. Verónica entra en la habitación donde yace su madre, Eleonor, postrada.

—¿Qué tal? Veo que aún no te has levantado —dice Verónica, mirando las cortinas echadas.

Eleonor esboza una pequeña sonrisa melancólica; después calla. Verónica conoce la respuesta: mal. Sin embargo, tan solo se arrima y le acaricia su cabello cano, del que únicamente queda un atisbo de su fulgor dorado como el sol.

—Volveré mañana —anuncia Verónica al salir de la estancia.

Al anochecer, ya en su apartamento, devora las sobras del día anterior con frenesí, famélica. Meditabunda, contempla la planta en el interior del alféizar, que se está marchitando. «Tal vez así esté mi madre», piensa Verónica.

Al día siguiente, justo antes de salir de su casa, se detiene. Ha escuchado el trino de un pájaro y, movida por el recuerdo de un tiempo pasado, se acerca a la ventana. Descorre las cortinas, cerradas desde hace una eternidad. La luz baña la sala y un fragmento de aquella reminiscencia la deslumbra.

—Hoy será un gran día —declara una figura sonriente, descorriendo las cortinas.

Vuelve en sí; se ha quedado admirando la planta del alféizar que, pese a estar mustia, cobra color con la claridad. Verónica sale disparada hacia el hospital.

—Mamá —comienza a decir con la respiración agitada.

—¿Qué ocurre, Verónica? —pregunta sorprendida Eleonor.

—Hoy... —hace una pausa— va a ser un gran día.

—Verónica... —la expresión de Eleonor cambia a una más apesadumbrada—. He notado en la cara de los médicos que algo no va bien.

Verónica se deja caer sobre el sillón, al lado de la cama, asimilándolo. Un silencio sepulcral inunda la sala; así pasan las horas.

Verónica avanza hacia la ventana y abre las cortinas de par en par. El sol en el horizonte se funde. Una vez más, otro recuerdo viene a ella: es su hermana Aurora.

—Verónica... —continúa alentándola como siempre con su enérgica sonrisa.

La visión se disipa. Verónica mira con determinación a Eleonor.

—Mamá —dice finalmente—, no te preocupes si hoy ha sido un mal día. No te preocupes —prosigue—, porque mañana será otro día y el sol volverá a salir.

Esta vez, la sonrisa de Eleonor se ensancha.

—Tienes razón, hija mía —unas lágrimas brotan de sus ojos y su cara pronto empieza a anegarse.

No obstante, son lágrimas de encaminarte al futuro con una amplia sonrisa, aunque no sepas lo que te depara. Son lágrimas de esperanza.

"Encajar", un relato escrito por nuestro alumno Neyen González Ma que destaca por su cruda honestidad y su poderoso mensaje final de esperanza.

A través de un formato de diario de vivencias, el protagonista nos hace partícipes de sus momentos más oscuros: la soledad en el instituto, las duras secuelas del acoso escolar y el golpe devastador de la pérdida familiar. Sin embargo, este relato nos regala una valiosísima lección: cómo el recuerdo del amor de nuestros seres queridos y la decisión de valorar nuestra propia vida, independientemente de la opinión de los demás, puede salvarnos.

Encajar

Por Neyen González Ma

Le pregunto a Samuel si puedo ir con él, con Nacho y con Mario, pero me responde que no. Ahora otra persona les pregunta y ellos le dicen que sí. Me dicen que no tengo amigos, y es verdad. Se ríen de mí.

Me he despertado y he ido al instituto. Acabo de llegar y nadie me ha saludado. Ahora es el recreo y estoy solo. Me acaban de tirar algo, creo que es un envoltorio. Siento que se me está escapando una lágrima…

Me despierto y me siento vacío; en el instituto me han tratado todavía peor. He llegado a casa y estoy llorando en la cama. Pienso en el pueblo palestino y lloro; lloro por su dolor y por el mío.

Le cuento mi vacío a mi tío y a mi abuela y me dan esperanza, me animan y me abrazan mientras lloro.

Estoy sentado en mi pupitre, feliz. Samuel dice que va a hacer una fiesta de pijamas y grita que soy el único de la clase que no está invitado; no me importa. Todo ha dado un vuelco al llegar a casa. Mi padre me dice que mi tío y mi abuela han muerto en un accidente de autobús.

Estoy destrozado, no le veo sentido a la vida. Estoy en clase de matemáticas. Samuel, Nacho y Mario se burlan de mí; dicen que soy un negado sin tío ni abuela. Lo he decidido…

Estoy en el piso veinte de un edificio a las ocho y media, decidido a saltar y acabar con una vida sin ilusión ni alegría. Pero, de repente, siento calidez y esperanza, y recuerdo las palabras de mi tío y de mi abuela. Pienso en que no les gustaría verme morir y me dan mucha esperanza para seguir viviendo. Pienso, por fin, en que mi vida es mía y no depende de la crítica exterior.

Ha pasado un año. Sigo sin amigos, pero ahora soy feliz. Ya no me siento vacío, vivo mi vida a mi manera. Ya no se ríen de mí. Mientras pienso sentado en el recreo, un chico llamado Sergio se acerca a mí. Es muy simpático. Creo que acabo de hacer un nuevo amigo.

"El faro de la esperanza", un relato escrito por Noah Cherbury Benítez.

A través de la historia de Elena, una periodista agotada por el ritmo de la gran ciudad, el autor nos invita a hacer un viaje de introspección hacia la costa. Con la ayuda de las sabias palabras de Luis y Marta, la protagonista descubrirá una de las verdades más reconfortantes de la vida: que la esperanza no es algo que debamos buscar fuera, sino una fuerza silenciosa que habita dentro de nosotros y que, como el mar, siempre sigue fluyendo incluso en los días más oscuros.

El faro de la esperanza

Por Noah Cherbury Benítez

Era un día de viento suave cuando Elena llegó al pueblo. Se había alejado de la ciudad en busca de algo que no sabía bien qué era, algo que fuera más allá de las noticias frías que día tras día relataba en su trabajo. La vida en la capital le había arrebatado muchas de sus ilusiones. Estaba cansada, no solo física sino emocionalmente. Su esperanza, alguna vez sólida como una roca, se había ido desmoronando con el tiempo, hasta convertirse en una sombra difusa, casi intangible.

Cuando llegó a la casa de Luis, un amigo de su padre, él ya la esperaba. No por nada en particular, sino porque, como él decía, la esperanza nunca llega cuando se la busca, pero siempre cuando menos se espera. Luis, un hombre de rostro arrugado pero ojos luminosos, le ofreció un té caliente y le pidió que se sentara junto a la ventana. La vista, como un paisaje pintado por los dioses, hacía que uno se sintiera pequeño y, al mismo tiempo, infinitamente conectado con el mundo.

—Elena —dijo Luis, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos—. La esperanza es como el mar. A veces está sereno, otras veces turbulento, pero siempre está ahí, esperando a ser visto, a ser sentido. Tal vez te has olvidado de cómo se ve, cómo se escucha.

Elena lo miró, algo desconcertada. No entendía bien lo que él quería decir, pero algo en sus palabras la tocó profundamente. En ese momento, Marta, la hija de Luis, entró en la habitación con una expresión pensativa, casi ausente.

—¿Sabías, Elena —preguntó Marta, mientras se sentaba junto a ella—, que las mareas suben y bajan, pero nunca se detienen? La esperanza también tiene sus altibajos, como el mar. Hay días en que parece que todo se derrumba, pero incluso en los días más oscuros, el mar sigue fluyendo. Y lo mismo ocurre con nosotros.

Elena, quien durante meses había vivido sumida en la tristeza, sintió por primera vez algo que se parecía a un suspiro de alivio. En el silencio de la casa, rodeada por la calidez de los recuerdos de Luis y las palabras de Marta, pudo ver, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña chispa de esperanza.

Esa tarde, al caminar por la playa con Luis, él le contó historias de su juventud, de momentos de desesperación que había superado solo porque nunca perdió la fe en que las cosas cambiarían. Había momentos en los que se sentía completamente perdido, pero en cuanto veía el horizonte del mar, algo en su interior le decía que debía seguir caminando. No importaba cuán difícil fuera el camino, siempre había un mañana, siempre había una posibilidad de renacer.

Elena se dio cuenta de que había estado buscando respuestas en lugares equivocados. Esperaba que algo externo cambiara su vida, pero lo que realmente necesitaba era mirar dentro de sí misma. La esperanza no llegaba de fuera, sino de dentro. Era una fuerza silenciosa, capaz de transformar las dificultades en nuevas oportunidades.

Al caer la noche, cuando las estrellas comenzaron a brillar en el cielo despejado, Elena sintió por primera vez la paz interior que tanto había anhelado. La esperanza, aunque frágil al principio, se fue consolidando dentro de ella, como una semilla que poco a poco crecía en su corazón.

Luis, Marta y el mar habían mostrado a Elena que el bienestar emocional no se trataba de evitar el dolor, sino de encontrar un propósito incluso en los momentos de oscuridad. Y, como el faro que guiaba a los barcos en la tormenta, la esperanza siempre estaría allí, iluminando el camino hacia un futuro mejor.

"Aprender a dejar ir", un relato bellísimo e introspectivo escrito por nuestra alumna Irene González Ramos.

A través de la fascinación por un acontecimiento astronómico único —el paso del cometa Halley—, la protagonista nos sumerge en un profundo monólogo interior sobre el miedo a la pérdida, la fugacidad de los momentos felices y la importancia de vivir el presente. Irene consigue plasmar con una madurez asombrosa una de las verdades más complejas de nuestra existencia: que algunas cosas son hermosas, precisamente, porque no duran para siempre y que, a veces, la mayor demostración de amor y madurez es saber despedirse en paz.

Aprender a dejar ir

Por Irene González Ramos

Aprender a dejar ir es la virtud que nadie desea tener. El cometa Halley se acercaba a la órbita de la Tierra y, después de décadas, sería visible de nuevo por tan solo unos instantes. Las estrellas parecen echarse a un lado para dejarle espacio y la Luna se atenúa para no resaltar más que él. Levaba años leyendo e investigando sobre aquel fenómeno; nunca había deseado ver una ráfaga de luz más en mi vida.

Mientras cuento los segundos para su paso, un pensamiento cruza mi mente: ¿Qué haré si nunca vuelvo a sentir lo que siento ahora? ¿Vale la pena buscar aquello que sabes que no va a durar? Podría cerrar los ojos y evadirme de la felicidad que me causaría presenciar el cometa. No puede sentirse la ausencia de lo que nunca fue, ni echar de menos lo que no se ha ido. De repente, la alarma de mi móvil me recuerda que en cualquier momento será posible ver el cuerpo espacial en el que tanto había pensado. Mi mente se queda en blanco y levanto la mirada sin pensarlo.

Observo el gran lienzo oscuro que se posa sobre mí y analizo cada detalle, cada estrella, cada tono… Y, cuando menos me lo esperaba, ahí estaba. En un segundo traté de grabar su silueta en mi mente con la esperanza de que se quedara ahí para siempre. Desde que soy pequeña he tenido la sensación de que la vida se mueve demasiado rápido como para poder disfrutarla, pero ahora comprendo que lo bello es aquello que se acaba cuando menos te lo esperas.

Y tal como llegó, el cometa se desvaneció sin dejar rastro. Extrañamente, me siento en paz. La emoción que causaba en mí poder verlo se transforma en una nostalgia que me acompañará el resto de mis días. No vale la pena buscarlo porque siempre estará conmigo y, a veces, amar es dejar ir.

"Abbey", un relato escrito por Sergio Huertas Pérez.

A través de una estructura en tres tiempos muy marcada, el autor nos invita a ponernos en la piel de su protagonista en diferentes etapas de su juventud. Sergio consigue plasmar con una sensibilidad asombrosa temas tan reales como la apatía, el peso de la pérdida, la búsqueda de una vocación y el poder salvador de la escritura. Es, en definitiva, un canto a la necesidad de no perder jamás la fe en uno mismo.

ABBEY

Por Sergio Huertas Pérez

Me despierto otro día más en mi habitación, pero sin ganas de levantarme. ¿Por qué nada cambia? Es muy tarde. El techo de mi cuarto está tan aburrido de mirarme como yo de mirarlo. Pasa el rato, pongo los pies en el suelo y camino un poco en círculos. Me dirijo hacia la ventana y la abro para dejar que entre el aire fresco. Hace un día espléndido. Echo un vistazo a la calle y a la gente andando. ¿Cómo serán sus vidas?, ¿por qué estarán aquí en este momento?, ¿se sentirá alguien igual que yo?

Nunca lo podré saber, sobre todo lo último, porque nunca me he atrevido a hablarle a nadie sobre mis sentimientos y cuando me preguntan suelo decir “bien”. Y es verdad, me encuentro bien, pero no sé cómo explicar lo que me pasa. Solo tengo que esperar. Entonces todo cambiará a mejor.

Doy la vuelta y me topo con mi habitación: está hecha un desastre. Todos los días me digo que la recogeré mañana, pero al final nunca lo hago. Cojo las cosas desperdigadas y las dejo sobre la cama deshecha; cuando por la noche me vaya a dormir, las tiraré de nuevo en el suelo. Aún no tengo palabras para decir lo que hay dentro de mí, es como hambre, no sé exactamente de qué, pero no hay nada que lo pueda saciar. Llevo tanto tiempo así… Pero debo conservar la esperanza para no venirme abajo.

Odio el verano. Durante el curso estoy hasta arriba y no hay tanto tiempo para reflexionar así. Pero en vacaciones no, no tengo nada que hacer, me aburro demasiado y mis pensamientos me persiguen. Aunque no es aburrimiento, es algo más. Pero yo no he sido siempre así. Recuerdo cómo era hace unos años. Me encantaba jugar e inventar historias, algunas las tengo escritas en cuadernos y de vez en cuando me gusta hojearlos, y cada vez que lo hago siento que hay miles de historias, personajes y lugares fantásticos dentro de mí que el mundo merece conocer, pero no sé cómo podría sacarlos a la luz. Me gustaría tanto volver a escribir, pero nunca encuentro el momento.

Ahora lo único que hago es estar con el móvil. Es casi mágico cómo puedo estar mirándolo horas y horas sin aburrirme, y sobre todo, con la mente ocupada. Sé que es una pérdida de tiempo, pero me ayuda a olvidar cómo me siento. A decir verdad, sé más o menos lo que me pasa. Siento mi vida incompleta, como si le faltara algo importante para que funcionase bien. No hay realmente nada que me guste ni que me llame la atención, no tengo ni idea de cómo va a ser mi futuro, y llevo demasiado tiempo sin decidirme y evitando afrontar esa idea. Siempre me han dicho que con mi capacidad y mi esfuerzo podré ser lo que quiera, pero ¿y si no quiero ser nada? Sin embargo, en el fondo, yo sé que he nacido para algo, al igual que todo el mundo. Simplemente no sé aún qué es. Pero sólo tengo que esperar más.

No debería de estar pensando tanto, no me viene bien; además seguramente el desayuno lleva esperándome un buen rato. Sin muchas ganas salgo por la puerta de mi habitación, dirigiéndome a otro día en mi monótona vida.

💸 [...]

Me levanto temprano por la mañana y debo darme prisa. ¿Por qué nada puede seguir igual? Ahora somos uno menos en la familia y yo me he roto en mil pedazos. Tras el accidente tengo que cuidar yo de mi hermano y tengo muchas más cosas que hacer en casa, además estoy a mitad de curso. Difícilmente encuentro un pequeño hueco para estudiar y mis notas han empeorado bastante. Pero me he prometido cambiar, se lo debo a ella.

¿Cómo puede ser que hace unos meses estuviese tirando mi tiempo despreocupadamente? Eso sí, hay un cambio que me gusta bastante y me está ayudando a seguir adelante. Los fines de semana, en cualquier pequeño momento libre que tengo, apago por completo el teléfono, me pongo música y empiezo a escribir en mi ordenador. En unos meses sólo tengo un par de capítulos, pero espero algún día poder escribir un libro completo.

No debería estar pensando tanto, tengo que hacer el desayuno y voy a perder el autobús para ir a clase. Hago la cama, me preparo lo más rápido que puedo y salgo por la puerta de mi habitación, con esperanza de que el día no sea demasiado difícil.

🍀 [...]

Me despierto por la mañana con mucha alegría. Aún no me puedo creer la gran noticia de ayer. Una pequeña editorial se ha decidido a apoyar mi primer libro, y aunque puede que no llegue muy lejos, siento que es un paso muy importante y que cambiará mi vida. Hace unos años no hubiera sido posible. A mi madre le hubiera encantado ver cuánto he cambiado y cómo he llegado a este momento. Finalmente he conseguido encontrar la pieza que faltaba en mi vida, y la esperanza me ayudó a hacerlo. Me preparo y salgo por la puerta, ahora de otra habitación, con muchas ganas de disfrutar el día.

I am hungry (Tengo hambre) I have been hungry (He tenido hambre) I was born hungry (Nací teniendo hambre) What do I need? (¿Qué necesito?) I am something (Soy algo) I have been something (He sido algo) I was born something (Nací siendo algo) What could I be? (¿Qué podría ser?)Abbey, Mitski. Álbum Lush (2012)

 "El secreto de las flores", un relato bellísimo escrito por nuestra alumna Nora Enríquez de Salamanca que, a través de los ojos de una nieta y la sabiduría de su abuela, nos invita a reflexionar sobre el verdadero secreto de la felicidad.

Con una sensibilidad que encoge el corazón, la historia nos traslada a un paseo inolvidable donde los campos marchitos, las grietas del suelo y unas pequeñas semillas escondidas se transforman en la mayor lección de vida posible: que la esperanza no consiste en no sufrir, sino en tener la fuerza de buscar la luz cuando todo parece perdido y mantener vivas las promesas que hacemos a quienes más queremos.

El secreto de las flores

Por Nora Enríquez de Salamanca

Me encantaba hablar con mi abuela; tenía la sensación de que lo sabía todo, o que yo aún no sabía nada. Desde pequeña me hacía ver las cosas de otra manera, mirando más allá que la mayoría. Esto llevó a la inevitable pregunta que en algún momento todo el mundo se hace. Reviví aquel día en mi cabeza una vez más; necesitaba recordarla, ¿quién no querría la respuesta a una pregunta así?

Hace dos años:

—¡Abuela! —grité tras haberla llamado sin obtener respuesta. —¡Aquí en el porche! —gritó—. ¡Ven aquí conmigo!

Estaba sentada en su butaca favorita mirando el mar que teníamos enfrente con anhelo.

—¡Por fin te encuentro! A veces me da la sensación de que juegas conmigo al escondite, pero sin decírmelo —me reí. —¡Pero qué cosas dices! —se rió—. Ven —dijo dando palmaditas a la butaca a su lado—, siéntate conmigo.

Contenta fui y me senté. Miramos cómo rompían las olas en la orilla hasta que empezó a reírse, y entonces me preguntó:

—¿Me vas a hacer la pregunta ya? —dijo sonriendo con los ojos. —¿Cómo lo has sabido? —pregunté. —¿Un domingo a estas horas y estás despierta? Eso es que hay algo que no para de dar vueltas en tu cabeza. —Me conoces demasiado —reí con ella—. En clase nos han hecho una pregunta y, rara vez me pasa pero, esta vez no he sabido responder. —¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa pregunta que ha dejado a mi chica lista sin palabras? —Nos han preguntado cuál creíamos que era el secreto para ser feliz. Algunos de mi clase han respondido y, aunque la profesora dijo que no había respuestas incorrectas, el dinero y la fama me lo han parecido —confesé. —¡Qué respuestas más tontas! —exclamó.

Me reí ante su reacción y pregunté:

—¿Y cuál es, abuela? ¿Cuál es el secreto para ser feliz y, más importante, que esa felicidad dure? —No hay secreto —dijo—. Porque cada uno tiene el suyo. Lo que puedo hacer es contarte el mío, ¿quieres? —preguntó mientras sonreía. —¡Claro! ¿Cuál es? —pregunté ansiosa por una respuesta que no llegó. —Venga, levántate —dijo mientras se ponía a andar. —¿Pero no me lo vas a decir? —pregunté decepcionada. —¿Por qué contártelo cuando puedo enseñártelo? —sonrió como una niña que está jugando a un juego.

Me puse los zapatos y corrí para alcanzarla. Caminamos un rato mientras la mañana se hacía más viva y paseamos por campos llenos de flores de todos los colores. Tras una buena caminata, dejamos atrás los verdes campos hasta llegar a un pequeño terreno de tierra y entonces paró en seco y se dio la vuelta.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté confusa. —Buscar flores —dijo firmemente sin dejar de sonreír—. Venga, ayúdame —dijo. —¿Estás de broma, no? —pregunté sin entender nada—. Acabamos de pasar campos enteros de flores, ¿por qué vienes aquí? ¿Por qué buscas flores en la tierra seca? —Porque las quiero encontrar, por eso las busco —me miró como si fuera mi pregunta lo raro de esta situación y siguió su camino. —Me refiero a qué haces buscándolas aquí, esta tierra está muerta, aquí no hay vida.

Se giró como si acabase de decir justo lo que ella esperaba que dijera.

—Te equivocas, no sabes si hay vida y no parece que nadie se haya tomado la molestia de averiguarlo. —No me di cuenta hasta entonces, pero había dejado un camino de agua que iba derramando a su paso. —Creo que porque se da por hecho que no la hay —dije mirando al suelo agrietado mientras la seguía—. Mira las grietas, es imposible que quede algo de lo que hubo. —A mí las grietas no me dicen nada, más que algo horrible ha pasado por encima de este campo que, por si quieres saber, antes era increíble. Aquí venía con el abuelo cuando éramos jóvenes y, créeme, era incluso más colorido que los que hemos dejado atrás a nuestro paso. —Lo siento —dije mirándola con lástima, aunque no pareció afectarle—. Puede que antes lo fuera pero, por lo que se ve ahora, no. Y siento meter prisa pero tengo muchas cosas que hacer —dije impaciente por no saber qué estaba haciendo allí. —Ay, hija, qué impaciente; así nunca encontrarás flores, eso seguro —dijo mientras se giraba—. ¿Sabes cuál es el problema? La gente no es capaz de mirar más allá. Es como cuando recogen la flor más bonita sin saber que tiene espinas, o como cuando oyen pero no escuchan, o miran pero no ven; justo lo que les pasa a tus compañeros que respondieron aquellas cosas. Te sorprendería lo que puedes encontrar en unas grietas o, respecto a tu pregunta, en un momento de tristeza —sonrió con ternura y retomó el camino a mi lado. —Tengo la certeza absoluta de que lo que has dicho tiene todo el sentido, pero no consigo entenderlo. A mí me parece que te empeñas en encontrar cosas donde no las hay —respondí con sinceridad; no valdría la pena mentir, ella sabía cuándo lo hacía. —No me empeño en encontrarlas, cariño —rebatió—, sino en buscarlas. Lo echo de menos, este campo era precioso, tenía vida, ¿sabes?, eras capaz de sentirlo —dijo con nostalgia.

El sol pegaba fuerte, su luz había iluminado el día y parecía que la perseguía a ella, tal y como yo lo hacía.

—A veces las cosas no se ven a simple vista, hay que buscarlas. Por eso, a veces, cuando las cosas van mal uno no es capaz de mirar a una felicidad futura, no porque crean que no existe, que, créeme, siempre la hay, sino porque no se ven con fuerzas para buscarla —dijo mientras se agachaba hacia una de las grietas y acercaba su ojo mientras guiñaba el otro para distinguir mejor lo que miraba—. Tú ves grietas —dijo mirándome—, es una pena, pero lo entiendo. Yo, sin embargo, veo semillas perdidas entre ellas, esperando —decía mientras me indicaba que me acercara junto a ella. —¿Esperando a qué? —pregunté mientras me acercaba para descubrir infinitas semillas entre aquellas grietas. —A ser encontradas —afirmó—, a ser vistas a través de las grietas, a que alguien vea más allá de una tierra seca, como cuando miras una foto antigua que te recuerda, no lo que ya no podrás volver a vivir, sino lo feliz que se puede llegar a ser. —Me sentí mal por haberme querido ir antes, siempre tenía razón. —¡Es increíble! —exclamé mientras miraba todas las semillas escondidas que el viento habría llevado hasta allí—. Ahora te entiendo, el problema está en que es difícil creer en algo que no puedes ver —dije mientras ella me miraba orgullosa. —Y esa es la esperanza, mi vida: algo en lo que tienes que creer aunque no puedas ver, algo que se tiene que mirar más allá, el ser capaz de creer que todo pasa por algo y que todo va a estar bien. Solo así uno es capaz de ser feliz y, como tú bien dijiste en el porche, que esa felicidad dure. A veces la esperanza hay que buscarla, y no son los más fuertes los que no la pierden, sino los que la buscan tras haberla perdido —dijo mientras me acariciaba la mejilla. —La esperanza… ¿Ese es el secreto para ser feliz, tener esperanza? —El mejor consejo que te puedo dar es ese, mi amor. Si alguna vez pierdes la esperanza no pasa nada, pero siempre la tienes que volver a buscar, hazlo por mí. ¿Me lo prometes? —preguntó mientras extendía su meñique, que esperaba al mío.

La miré y sonreí. Extendí mi meñique y lo entrelacé con el suyo.

—Te lo prometo. ¿Y tú? ¿Me lo prometes? —pregunté. —Te lo prometo —respondió.

Y cumplió su promesa cada día en el hospital mientras miraba las vías en sus brazos y aquellas paredes blancas que habían sustituido a las vistas de su porche. Y yo también la cumplí el día que tuve que aprender a vivir sin ella, porque aunque ella me advirtió, la perdí, pero la volví a encontrar, y tenía la esperanza de que ella estuviera conmigo, caminando a mi lado, riéndose de mis errores, alegrándose de mis logros y, sobre todo, asegurándose de que nunca rompiera mi promesa.

Tras años de lluvias y días soleados, aquel campo volvió a vivir. Mi abuela siempre supo cómo encontrar flores en la tierra seca, y me enseñó a mí cómo hacerlo.

¡Feliz verano 2025-2026!

Con esto cerramos este curso 2025-2026. Queremos dar las gracias a toda la comunidad educativa (profesores, alumnos, familias y personal del centro) por seguir apoyando y dando vida a la biblioteca día a día.

Os deseamos a todos un verano estupendo, lleno de descanso, tiempo libre y buenas lecturas. ¡Nos vemos en septiembre!


Responsable de la Biblioteca del IES Hipatia

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