JÓVENES PROMESAS

FALLO DEL XV CONCURSO DE RELATOS IES HIPATIA

Un año más -y ¡ya van quince!- el alumnado de nuestro centro ha participado en la décimo quinta edición del concurso de relatos breves. Como ya sabéis, el tema sobre el que debían versar los relatos ha sido: el agua como elemento vital del planeta. El nivel creativo de los participantes ha superado cualquier expectativa ,sin duda, todos se merecían haber ganado. Prueba de ello ha sido la difícil decisión a la que se han tenido que enfrentar los miembros del jurado, con desempate incluido. Sin más dilación publicamos el fallo del concurso no sin antes agradecer a los concursantes su participación, así como su colaboración a los miembros del AMPA, equipo directivo, coordinación del proyecto Aldea y Departamento de Lengua Castellana y Literatura.

A C T A D E L F A L L O D E L J U R A D O

Tras la valoración del jurado del XV Certamen Literario de Relatos breve“Hipatia y habndose reunido el Equipo de Biblioteca el 8 de mayo d2023, se ha resuelto otorgar los siguientes premios:

CATEGORÍA 1: y 2º ESO

1er premio

Relato: Soy agua

Autor: Sergio Huertas Pérez

Nivel y grupo: ESO C

premio

Relato: Por una gota de agua 

Autora: Alicia Zabala Ramírez

 Nivel y grupo: ESO C

3er premio

Relato: Grietas

Autora: Lucía Castañeda López

 Nivel y grupo: ESO A

 

CATEGORÍA 2: y 4º ESO

 1er premio

 Relato: Hortensia

 Autora: Paula Pérez Jiménez

 Nivel y grupo: ESO A

2º premio

Relato: De nada

Autora: Mónica Montaner Gañán

Nivel y grupo: 4º ESO C      

 3er premio

Relato: Líquido negro

Aurora: Ainara Duarte

Nivel y grupo: 4º ESO C

 

CATEGORÍA 3: y 2º Bachillerato

1er premio

Relato: Lluvia tras la sequía

Autor: Adrián Nieto Velasco

Nivel y grupo: 1º Bach. A

premio

Relato: Las melodías del océano

Autora: Paula González Domingo

Nivel y grupo: 2º Bach. A

3er premio

  Relato: Crónica de una muerte anunciada

  Autora: Cristina Arjona Vico

  Nivel y grupo: BACH. A


Aquí tenéis los relatos ganadores. ¡Disfrutad de su lectura!

SOY AGUA

Hoy, tras varios años de sufrimiento y lucha, he logrado mi inalcanzable meta. Ante miles de personas aplaudiéndome me doy cuenta. Y lo recuerdo todo. Y debo dar gracias, tanto a la gente que me apoyó siempre y me ayudó, como a los que pusieron piedras en mi camino. Fueron las dificultades las que me impulsaron , me dieron fuerzas y me hicieron tirarme a la piscina. Y fue el apoyo y el cariño incondicional lo que me impulsó a conseguirlo.
Me llamo Jaime Acosta. Sufro de hipotiroidismo, una enfermedad que ocurre cuando la glándula tiroides no produce suficientes hormonas para satisfacer las necesidades del cuerpo. Es incurable, pero la afección se puede controlar con levotiroxina. Esta enfermedad puede causar que tu peso aumente sin motivo aparente. Justo lo que me pasa a mí. Y por ello he tenido que soportar, desde que tengo conciencia, bromas, comentarios, risas e insultos, solo por mi físico.
El sobrepeso convirtió el colegio en algo insoportable debido a mis "compañeros", pero en el instituto todo empeoró y mi vida se convirtió en un absoluto infierno. La gente se reía de mí, me ponía motes desagradables, me tenían aislado. Pero ni para los profesores ni para la dirección del centro era acoso, ya que no usaban la violencia física. Pero sí, era acoso. Y nadie me ayudó. Solo tenía ganas de quedarme todo el día en mi casa sin hacer nada . Mis padres me decían que no me viniese abajo. Me apoyaron, consolaron y ayudaron. Un día, por recomendación médica , me llevaron a una piscina cubierta de mi barrio. Nunca lo olvidaré, No tenía ganas de ir, pero me resigné. No sabía nadar y fue impresionante. Me notaba ligero y podía moverme con fluidez. Mi cabello ondeaba en el agua mientras aprendía a flotar, una sensación indescriptible. El tiempo se detenía. Necesitaba volver una y otra vez. Por una vez en la vida tenía ganas de algo y me olvidaba de lo que era, o más bien de lo que los demás siempre me dijeron que era. Se equivocaban. Había encontrado una motivación, algo que me impulsaba a luchar. Eso fue lo que me salvó la vida. Iba cada día a la piscina a olvidarme de todo y a flotar sin preocupación. "Quiero ser nadador profesional", fue lo que le dije a mi familia y a quien me preguntaba en el instituto. Recibí lo que esperaba, el apoyo de mis padres y las risas y burlas de todos los "compañeros". pero eso no me importó. Cada día seguía nadando, cada día mejor, cada día más rápido, cada día más ligero. Y no me importaron las burlas de los que no me aceptaban.
Ahora, pasados veinte años, con superación y perseverancia, estoy recibiendo una medalla de oro de natación en los Juegos Olímpicos. Aún con mi enfermedad, gracias a mi tesón, nado y me siento libre. Se lo agradezco a mis padres, a todos los que me animaron, pero también a todos los que lo dudaron, a los que me intentaron hundir pero sin saberlo me impulsaron. Gracias a todos ellos estoy aquí. Y también a la pequeña piscina de barrio donde descubrí mi destino. Pude hundirme, sin embargo, salí a flote. Dicen que somos un 65% de agua , pero yo me considero un 100%. Soy Jaime Acosta, nadador de élite. Y lo más importante, soy agua.
Sergio Huerta Pérez


POR UNA GOTA DE AGUA 

Plop.

Y así fue, en tan solo un microsegundo, cómo años y años de trabajo quedaron reducidos a eso, un simple sonido, una simple gota de agua esparcida sobre aquel sucio suelo. ¿Para qué existimos? Buena pregunta. Una pregunta que cualquier otra persona se habría puesto a reflexionar y tardaría en responder, pero mi pueblo lo tenía bastante claro; para cuidar la gota. La gota de agua que desde pequeños nos hacen adorar, cuidar y respetar... y nadie nos dijo que nos traería nuestra peor pesadilla.

Cuenta la leyenda que hace muchos años, en la gran ciudad de Neró existía el caos, el fuego y la guerra. La gente luchaba por sobrevivir, mientras que otros reían tranquilos con una copa de vino alrededor de una mesa de billar. El pueblo se dividí entre pobres y ricos, vagabundos y empresarios, algunas personas sin nada y otros con todo. Se había vuelto una rutina. Hasta que un día nació la que es ahora nuestra sagrada madre, Neytiri. Hija del empresario más poderoso de la ciudad y de una muchacha que subsistía por las calles, siendo la primera mestiza luchó por la igualdad del pueblo y consiguió algo que nunca nadie había conseguido antes: unir al pueblo, sacrificándose en cuerpo y alma, dejando como último deseo su última lágrima en aquel frasco. Desde entonces nunca más ha habido guerras ni problemas internos en el pueblo por los que preocuparse, salvo conservar esa sagrada gota de agua, porque si se derramara le habríamos faltado el respeto a la sagrada madre y sobre nuestro pueblo caería una gran maldición. Tener en nuestra posesión esa gota nos dio muchas oportunidades económicas y nos ayudó a reponernos. Muchos pueblos de los alrededores venían hasta Neró para observar y respetar la gota, aunque por el gran valor y poder que tenía, no solo venían a adorarla. Hubo muchos intentos de robo anteriormente, por lo que estaba protegidas por guardias de seguridad. Todo iba bien hasta que nos visitaron los del pueblo de Haró, quienes tenían fama de ser avariciosos. En el día de su visita todo el pueblo estuvo presente para vigilarlos, pero esa gentuza lo tenía todo planeado y consiguieron llevarse el frasco y, con él,  nuestro único motivo para seguir viviendo. Mi vida pasó en un instante ante mis ojos. Sin dudarlo me abalancé sobre aquel hombre encargado de transportar la gota sagrada y luché, seguí luchando y no paré de luchar por aquella gota que tanto me preocupaba a mí y a mi pueblo.

Entonces ocurrió lo que nunca debió suceder. El frasco se cayó y la gota se derramó por el suelo., aquel suelo donde minutos antes estaba de pie, tranquilo y sin poder imaginar que el gran desastre de mi vida podría llegar a pasar. Los edificios se derrumbaron, los ríos se sacaron y la gente lloraba, El cielo se volvió de un color rojo intenso y donde había agua apareció fuego, donde había tranquilidad surgió el caos. ¿Por qué? ¿Por qué cuando no me rendí y seguí luchando pasó lo que pasó?¿Si me hubiera rendido tal vez no hubiera ocurrido aquel desastre? ¿Po qué cuando somos pequeños nos dicen que nuestro único propósito en esta vida es luchar por esa maldita gota, la misma que ha acabado quitándonos todo?

A veces luchar y no rendirse no significa ganar y conseguir lo que quieres. A veces es mejor dejarlo estar y pasar página.

Alicia Zabala Ramírez

Grietas

Kurt Taylor se miró en el espejo de su cómoda. No encontró una sonrisa por respuesta. Tampoco es que fuese algo de esperar en aquel entonces. Intentó ir más allá de aquel rostro aparentemente despreocupado. Quiso entenderlo. Quiso transmitirle esperanza a aquella mirada ensombrecida. Pero nada podía ofrecer estando tan vacío por dentro. Inspiró hondo. Había pasado demasiado tiempo y la sensación de opresión en el pecho le visitaba cada noche. Con un nudo en la garganta atravesó el umbral de la puerta para salir al exterior, convenciéndose de que lo que le faltaba dentro lo podía encontrar fuera. Caminó por aquellas calles que tan bien conocía, pero esta vez no tenía ningún destino en mente. Estaba perdido, huyendo de mismo. Las imágenes se le sucedían en la cabeza sin dar lugar a ninguna otra opción. Olas. Lluvia. Gritos. Lágrimas. Aceleró el paso. Casi podía oír el ruido de las olas haciendo impacto en la orilla y el silbido de la marea. Gritos ahogados bajo la superficie del agua. Unas gotas de lluvia cayeron sobre él. No podía respirar. Seguir huyendo sería una tontería, así que se sentó sobre el pavimento y escondió la cabeza entre las manos. No podía pensar con claridad. ¿Durante cuánto tiempo se seguiría repitiendo esta situación? Comenzó a llover con más fuerza y Kurt comenzó a sollozar en silencio mientras el rostro de Edward Soul aparecía en su mente una y otra vez recordándole todo lo perdido. Y, en un momento cualquiera, bajo ese cielo nublado londinense, algo cambió en su interior. Tal vez había sido la perspectiva de verlo todo desde el infierno o tal vez se había dado cuenta de que no merecía la pena vivir así. Una sensación cálida comenzó a emanar del corazón de Kurt. Levantó la vista hacia el cielo y pudo distinguir cómo unos destellos de luz se abrían paso entre las nubes. No entendió por qué, pero sonrió. Sonrió a ese pequeño haz de luz y le sonrió a la lluvia que le rodeaba. En ese instante pudo darse cuenta de que a veces lo que nos lo ha quitado todo puede hacer que sanen las heridas de nuestro interior, esas que a veces no podemos ver pero que hacen tanto daño por dentro. Eso pasó con la lluvia. El agua que le había quitado su razón de existir hacía ya tanto, se colaba por todas las grietas e iba sanándolas.

Lucía Castañeda López

 

 

 HORTENSIA

- ¿Has cogido el paraguas por si llueve? – preguntó la señora Morales a su marido.

- Y un bañador por si hace calor – afirmó el señor Rodríguez.

- Hortensia, ¿Has guardado ya la maleta? - preguntó a su hija.

- Sí, mamá – contestó ella.

- Bien, pues entonces todo listo. ¡Vámonos! – ordenó la señora Morales.

El señor Rodríguez y la señora Morales, junto con su hija Hortensia, eran una familia feliz, o eso creo. No tengo muy claro el concepto de felicidad. Pero suelen estar sonriendo. Eso es bueno, ¿no?. Hoy se iban de viaje, a un sitio llamado “playa”. Nunca había visto la playa, pero tenía la esperanza de verla algún día. Aunque hoy no era ese día. Escuché como cerraban la puerta del coche y arrancaban el motor para después salir calle abajo. ¿Se habían olvidado de mí? No era la primera vez que se iban y no me llevaban, de hecho, nunca antes me habían llevado, pero las otras veces habían colocado un sistema de riego automático y se aseguraban de que estuviese perfecta antes de dejarme aquí. Esta vez no, esta vez nada. No había agua antes de que se fueran y no veía los cables que me iban a regar más tarde. ¿Por qué? Seguramente fuera porque no iban a tardar mucho, eso quería creer yo,  pero… ¿Y si tardaban mucho? ¿Y si me quedaba sin agua? ¿Y si nunca volvían? ¿Y si me estaban abandonando? Y si… Y si… Y si… Decidí apagar mis pensamientos y esperar. Tal vez llegaran esa misma noche. El sol se había ido ya y el cielo estaba plegado de estrellas, junto a una hermosa luna llena. Pero ellos no estaban. Y el agua tampoco. Empezaba a notar como se me resecaba la garganta y como me costaba que la saliva bajase. No había rastro del señor Rodríguez y la señora Morales. Automáticamente mi mente empezó a desarrollar pensamientos intrusivos que sabía que no iba a poder acallar. No entendía lo que estaba pasando ni por qué, siempre había sido buena, y no solía molestarles. Tal vez era eso, hacía tan poco ruido que se habían olvidado de  que yo estaba ahí. Presa del miedo cerré los ojos para intentar descansar. A la mañana siguiente, cuando desperté, sentí un dolor intenso dentro de mí. Miré al suelo y… ¡oh, no! No podía estar pasando esto. No a mí. Comenzaba a romperme. Si no me traían agua pronto… Quizá ya era demasiado tarde. Ante esa idea comencé a llorar, lloré muy fuerte. Nunca antes había llorado así, nunca antes había tenido motivos. Lloré y lloré, lloré tanto que las lágrimas comenzaron a caer por mi delicado rostro. Una de ellas llegó hasta donde acababa mi ser. Y detrás de esa, una tras otra. Miles de lágrimas comenzaron a caer y sentí… ¿Alivio? La falta de agua comenzó a desaparecer de mi interior. Al fin y al cabo las lágrimas podían regarme, lo estaban haciendo. Aunque no aguantaría much… De repente un coche frenó delante de mí, venía a toda velocidad. ¿Pero qué…? Una mujer de mediana edad bajó del coche y se acercó corriendo. ¡Era la señora Morales! Inmediatamente cogió la manguera y me apuntó con ella. Recuperé mi color y la sequedad que sentía en la garganta desapareció por completo. La señora Morales se agachó a mi lado y comenzó a acariciarme una vez que cortó el chorro de agua fría y dijo:

- Mi pequeña… 

Paula Pérez Jiménez

DE NADA

Tú. Tú que, probablemente, dejas el grifo abierto al lavarte las manos. Tú que, probablemente, pones una lavadora y otra y otra en vez de ser cuidadoso para no mancharte. Tú que, probablemente, estás cansado de que todo el mundo hable de las sequías. Tú que, probablemente, tiras cualquier cosa al váter, cuyo desagüe va a parar al mar. Tú que, probablemente, cuando vas a la playa te da asco encontrarte basura en la orilla pero que también no solo no haces nada para limpiarla, sino que arrojas más. Tú que, probablemente, pienses que tienes todo el derecho del mundo a consumir todo el agua que quieras sin que nadie te lo restrinja. Tú que, probablemente, estés confuso cuando pasas cerca del Guadalquivir y lo ves muy por debajo del límite que estás acostumbrado a ver. A ti que, probablemente, en tu subconsciente esté empezando a brotar un remordimiento pero que dejarás de darle importancia cuando acabes de leer esto. A ti que, hasta que este tema de la escasez de recursos no ha supuesto nada grave en tu vida, nunca te has preocupado por mí, por lo indispensable que soy. No te necesito, pero tú a mí sí. Así es, no puedes vivir sin mí, nunca lo has hecho, y dudo que lo hagas. No solo tú sino también tus mascotas, tus plantas que, por cierto, necesitan que las riegues, tu ropa, tus muebles y hasta las piedras. Sí, pensarás que me creo el rey del mundo pero es que lo soy. Soy la razón por la que existís. Soy la razón por la que habéis durado tanto tiempo aquí, demasiado. Soy la razón por la que la gente se pelea y hasta mata en lugares de escasez. Soy la razón por la cual se ha evolucionado, aunque no estoy tan segura de ello. Soy la razón que os ata a La Tierra y no os deja iros a otro planeta ahora que habéis destruido el vuestro. Deberíais mirarme y pensar, pensar en todo lo bueno que soy capaz de crear, bosques, ecosistemas, especies, islas, archipiélagos, continentes… vida. Pero también en todo lo malo que puedo llegar a provocar, tormentas, lluvias torrenciales, diluvios, inundaciones, maremotos, tsunamis… muerte. Debéis adorarme por todo lo que he hecho, pero también temerme por todo lo que puedo hacer. Nunca podréis encontrar un sustituto para mí. Sabéis lo que soy y cuánto me necesitáis. Por eso aún sigo con vosotros, tengo esperanza, y quiero daros tiempo para rectificar y arreglar las cosas. Creo que merecéis una última oportunidad. Os he visto evolucionar, avanzar, caer, pelear y seguir adelante. Vuestra especie es única. Sois capaces de crear infinidad de objetos para ayudar al planeta. De corazón os pido que cambiéis y, así, podréis salvaros. Confío en vosotros. Cuando estéis listos para dar el paso, no dudéis en contad conmigo. Porque aquí estoy, estuve y estaré.

Mónica Montaner Gañán

LÍQUIDO NEGRO

Empezaba mi rutina como siempre, con mi tía Zarya. Ella era una mujer mayor y sabia. Un rasgo físico muy característico de ella es que su brazo izquierdo era completamente negro, resaltando mucho su todo azul turquesa de escamas. Salí con ella y mi banco de peces a darles de comer, teníamos que nadar con cuidado, ellos no nos podían ver. Llegamos a un espacio abierto, mis peces se zamparon todas las algas del lugar. Oí un sonido ¡O no, estaban encima de nosotros! Todos nos escondimos por las rocas que había cerca. Milagrosamente no nos vieron, sin embargo, empecé a notar que su barco no era como los anteriores, este derramaba un líquido negro un tanto extraño y era más rápido, los otros no expulsaban nada. Ya era tarde y teníamos que regresar a casa, así que recogimos y nos marchamos. De camino le pregunté a mi tía un tanto inquieta: -Tía, ¿no te parece curioso el líquido que salía del barco? Es del mismo color que el de tu brazo.  Mi tía se tapó el brazo, parecía avergonzada y me respondió:  -Pues sí pececito mío, pero de todas formas que parezca atractivo no indica que sea positivo, no debes acercarte a él. La tía Zarya es muy sabía, pero creo que es demasiado antigua. Me moría de curiosidad por saber que era, su tacto, su procedencia, así que cuando llegó la noche salí a buscar otro barco para saber más.Mi tía estaba dormida, vi mi oportunidad y la aproveche. Volví al mismo espacio abierto de esa mañana y ahí estaba, un barco con el líquido negro. Intenté tocarlo, tenía una textura viscosa, era divertido. Perseguí al barco hasta el puerto, por el camino dejaba más líquido como ese. No sólo eso, también empezaron a caer plásticos con los que empecé a jugar pero eran demasiados, me agobié. Llegamos al puerto, había más líquido con el que jugar allí y también muchos plásticos, era imposible contarlos todos. ¡Oh no! ¡Otra vez eran ellos y ahora eran muchos más! Traté de huir en cuanto pude pero me enganché en el cuello con unos plásticos con los que estaba jugando. No me vieron pero ahora el problema era otro, el líquido negro ya no era tan divertido, los plásticos me asfixiaban cada vez mas. Estaba a punto de dar mi aliento final cuando llegó mi tía Zarya, rápidamente me quitó el plástico del cuello y me sacó de allí. ¿Pececillo estás bien?- me preguntaba- Te dije que no fueras allí, ¿No ves lo que me pasó a mi? ¿Por qué crees que tengo el brazo negro? Es por culpa del líquido, me está matando, igual que ahora hará con todos esos animales que fueron afectados ¿Los ves? Me giré, vi una gran línea negra dibujada en el agua, también vi muchos animales cubiertos totalmente del líquido negro que tanto me gustaba, vi muchos de ellos muertos porque sus tías Zarya no llegaron a tiempo. Ahora soy mayor, mi tía falleció poco tiempo después por falta de agua limpia. Millones de barcos como esos han seguido llegando, apenas puedo respirar el agua empezó a contaminarse del maldito líquido negro. La mitad de mis peces murieron ahogados con los plásticos que tanto me divertían. Tengo gran parte de mi cuerpo negro, tan negro como el alma de esos molestos monstros terrestres que ensucian mi mar.  Será divertido ver cómo algún día ellos también jugarán con plásticos y como se quedarán sin aire limpio por culpa de su líquido, su maldito líquido negro.

Ainara Duarte

LA LLUVIA TRAS LA SEQUÍA

La lluvia golpeaba alegre los tejados de las viviendas, su música se extendía por toda la población, empapaba la tierra y corría en finos riachuelos por las inclinadas laderas que rodeaban el pueblo. Los árboles se agitaban con el viento que acompañaba a las gotas de agua, desprendiéndolas de las hojas que intentaban retenerlas. La vida parecía paralizada esos días, en los montes los animales se ocultaban en cuevas y recovecos intentando protegerse; los hombres miraban esperanzados a través de los cristales de las ventanas, alegrándose por la tan necesaria lluvia, después de dos años con escasas precipitaciones los expertos anunciaban, con claros rostros de alegría que estas retornarían a sus valores normales. El agua de los riachuelos que fluían por las montañas rellenaba los cauces que llevaban varios inviernos sin llevar agua, poco a poco las corrientes pulían las rocas que encontraban a su paso, empapando las raíces de los hasta el momento resecos árboles de las riberas, devolviendo la vida a sus resecas hojas. Todo terminaba en el pequeño río que atravesaba el pueblo, lento en épocas de escasez, salvaje en momentos de lluvias; el fluir, después de varios días de precipitación era rápido, el cauce aparecía pleno, las aguas habían cambiado del azul de los primeros momentos de lluvia, al ocre que lo adornaba ahora, mezclándose agua, rocas, tierra y árboles, que iba arrastrando, en una única masa. Todo se dirigía hacia el túnel que los hombres habían construido para tratar de dirigir las aguas, intentando ganarle terreno al río, para edificar sobre su lecho una gran iglesia. Furioso, el río entraba en el túnel, los restos que lo acompañaban se iban acumulando en la entrada, minuto a minuto el acceso cada vez era más estrecho, el agua empezaba a buscar otros caminos para seguir su camino. Las campanas de las iglesias del pueblo empezaron a sonar insistentemente, avisaban del peligro, las ventanas de las casas que estaban junto al río se llenaron de caras, curiosas en un primer momento, asustadas cuando vieron el furioso caudal de agua en su subida implacable, en un intento de superar el obstáculo que se había creado. Finalmente, lo inevitable sucedió, las aguas saltaron las orillas, entraron en las calles, derribando a su paso puertas, destrozaron ventanas, arrastrando coches y contenedores. Se abrieron camino por las callejuelas y plazas del pueblo, provocando el pánico entre sus habitantes. La nueva plaza que se había erigido sobre el río encauzado, sufrió el embate del líquido, la iglesia en construcción vio abatidos los andamios de sus muros, las torres cayeron, las fachadas se agrietaron ante el empuje de las rocas que eran arrastradas por el río y las columnas, aún sin terminar, no pudieron soportar la enorme presión ejercida por el agua. Los hombres corrían y trataban de protegerse, escondiéndose en casas, bares o cualquier edificación a la que pudieran acceder, mientras tanto rezaban, para que la furia incontrolada que estaban sufriendo terminara. Los minutos y las horas pasaron lentamente, finalmente, la lluvia remitió, y las aguas poco a poco descendieron a su nivel habitual, la destrucción ocasionada quedó en el recuerdo de los lugareños; los habitantes del lugar reconstruyeron sus vidas, dejando como recordatorio de lo sucedido, los restos de la iglesia inacabada sobre el túnel. Y aunque aquel fue un momento duro, el pueblo entero agradeció aquella lluvia, que tan necesaria era para que los animales y cultivos, que con tanto empeño los agricultores y ganaderos cuidaban, volvieran a crecer y dar nueva vida al pueblo.

Adrián Nieto Velasco


LAS MELODÍAS DEL OCÉANO

- Chicos, este mes os propongo una actividad voluntaria para hacer las clases más amenas. He pensado que los viernes podemos salir a la playa para recoger toda la basura que encontremos y así mantener la orilla lo más limpia posible, aprovechando que el instituto se encuentra a menos de diez minutos del mar.

- ¿Un trabajo voluntario? ¿Recoger basura? Y, ¿no sube nota? Yo paso, profesora. – me dice Mateo, el típico alumno que únicamente hace comentarios con la intención de parecer gracioso y hacer reír a los demás. Parece que ha conseguido su objetivo, pues sus compañeros empiezan a reírse y a defender la opinión del chico.

Siempre me ha encantado dar clases de biología y poder compartir mi pasión con mis alumnos, pero este tipo de situaciones son las que me sacan de quicio. Sin embargo, en lugar de seguir insistiendo, decido cambiar el rumbo de la conversación para tratar de convencerlos de otra forma:

- ¿Alguna vez habéis perdido a alguien a quien queríais mucho? – sus expresiones empiezan a cambiar y todos me escuchan con atención. – Entonces, podréis empatizar con Marta y su hermana cuando os cuente su historia.

- ¿Quiénes son? ¿Qué les pasó? – pregunta Mateo.

- Veréis, eran dos niñas a las que conocí una vez. Ambas pasaron su infancia junto a su padre en un pueblo costero, como este en el que vivís vosotros. Las dos niñas crecieron rodeadas de animales como tortugas, ballenas o delfines, pues su padre era biólogo marino y pasaba muchas horas bajo el agua.

Todas las mañanas, las dos niñas iban con su padre a bucear. Fue así como, poco a poco, ambas fueron enamorándose del mar y todo lo que eso conllevaba; en especial, empezaron a encariñarse con todo tipo de animales. Les gustaba imaginar que eran sirenas y podían vivir bajo el agua, mientras escuchaban los sonidos de la fauna marina, esos sonidos a los que se referían como “las melodías del océano”.

Cada día, además de bucear, su padre las montaba en una pequeña lancha para visitar a sus animales favoritos. Entre ellos se encontraba Rocky, un pequeño delfín que nadaba siempre junto a su madre. A Marta y su hermana les encantaba jugar con ese delfín; podían pasar horas juntos, pues el animal era muy sociable y cariñoso.

Sin embargo, el tiempo fue pasando y el agua del mar comenzaba a estar más y más contaminada. Las niñas estaban cada vez más preocupadas por la salud de todos esos animales que, de alguna forma, se habían convertido en su segunda familia.

Un día, mientras iban en la lancha, divisaron a lo lejos a la madre de Rocky, pero aquella vez nadaba sola. Las niñas entraron en pánico y, unas horas después, encontraron sin vida el cuerpo del pequeño delfín, que había fallecido al haber quedado atrapado en una red de plástico. Rocky fue el primero, pero poco a poco fue pasando lo mismo con otros delfines, ballenas y tortugas, por lo que las melodías del océano se fueron silenciando lentamente.

*

Al terminar de hablar, veo que todos están serios y muchos miran al suelo. De repente, escucho la voz de Mateo:

- Entonces, ¿esas niñas perdieron a sus amigos por culpa de la contaminación del agua provocada por el ser humano?

- Sí... - respondo.

- Es injusto. – se queja Julia, sentada al fondo del aula.

- Pues chicos, la hermana de Marta soy yo. – les confieso, y veo cómo todos se sorprenden. - ¿Qué os parece?

- Cuenta con nuestra ayuda, profe. Vamos a recuperar las melodías del océano. – me dicen todos.

Entonces, una sonrisa se dibuja en mi cara; acaban de hacerme muy feliz.

 Paula González Domingo

CRÓNICA  DE  UNA  MUERTE  ANUNCIADA

El día que me mataron hacía calor, como todos los últimos hasta la fecha. Yo estaba tan tranquila como siempre, aunque no puedo decir que no me lo esperara. Darte cuenta de que te estás muriendo o, más bien, de que te están asesinando, es duro, pero te acabas acostumbrando. Lo que me dolió fue ver como nadie hacía nada para impedirlo, nadie me ayudó, ni siquiera quienes juraron velar por mi bien. Me estaba asfixiando, pedí auxilio, pero nadie vino en mi rescate. Supliqué compasión. Nada. ¿De verdad nadie pudo ayudarme? No, estaban muy ocupados, mirando el móvil.

1980, “tened cuidado, nadie me oyó.

1990, esto no tiene buena pinta, para ellos sí la tenía al parecer.

2000, “tengo miedo, egsta, deja de pensar en ti misma.

2010, ayuda, por favor, el por favor ya no estaba de moda.

2020, “me estoy muriendo, ya era demasiado tarde para que me escucharan, si no lo hicieron entonces, ¿ qué cambiaría ahora?

Por eso, el día que me mataron estaba tranquila, pero no porque estuviera en paz, sino porque no me quedaban opciones ni fuerzas para resistirme. Y mira que resistí, luché contra la muerte cada día, y no solo la mía, sino la de todos. Porque lo que ellos no sabían es que mi muerte marcaría el comienzo de la suya. Ellos también se asfixiarían, pedirían auxilio, pero como yo ya avisé, sería demasiado tarde, otra vez. Y se repetiría la historia, con la diferencia de que yo fui el salvavidas que pincharon hasta sacarme la última gota y ellos quienes murieron ahogados, porque, ilusos, pensaron que podrían sobrevivir sin mi. Pero no sabían nadar. Y mira que les avisé por activa y por pasiva, pero me tacharon de loca, dramática e incluso perversa. Lo único bueno de haber muerto es que no tendré que soportarlos más, ni dejar que me pisoteen como llevaban haciendo todos estos años. Llamadlo venganza o karma, yo lo llamo equilibrio y naturaleza. Mi muerte no salió en las noticias, porque no es novedad lo que ya se sabe pero se ignora. Yo no tenía miedo por mí, ni pedí auxilio por mí, lo hice todo por ellos, porque eran parte de mí, como yo de ellos. Y aún así se encargaron de arrebatarme lo poco que me quedaba. El día que me mataron hacía calor. Por eso, cuando solté mi último aliento, sólo quedaba vapor de agua.

Cristina Arjona Vico

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